El orden infinito

Portada-B“Analco es un refugio”, se dice la Nina Ramos cuando ve en el cielo la tormenta que se ciernes sobre su pueblo. Ella es la única mujer que ha bailado con dos emperadores el mismo vals, en el mismo castillo, pero en diferente época: Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo. Consejera de presidentes e inspiración de músicos y poetas, la Nina es anfitriona d El buen dictador como le dice al general Porfirio Díaz, de Amado Nervo, de un sinfín de personajes y de una época que se niega a morir.

La Nina Ramos no sólo tendrá que enfrentar a los revolucionarios de Pancho Villa o años más tarde al ejército federal en la Guerra Cristera. Deberá luchar contra las pasiones de sus ahijados, quienes amenazan con destruir el orden de su paraíso.

Como Analco nunca se incluyó en la cartografía nacional, la Nina sentencia que quien llegue allí, será por voluntad del destino. Bajo ese hermetismo sus habitantes jamás abandonan el pueblo y los que llegan, acorralados por su pasado o atormentados por su conciencia, como el español don Alonso de Alvarado; el doctor Leonardo Ralla; el cura Ramberto, el poeta Amado Nervo o el mismo lector, encuentran en Analco un refugio.

Con ecos de Rulfo y García Márquez y escrita en dos tiempos narrativos que se  alternan, en El orden infinito corre un siglo de historia teniendo siempre como testigo a una mujer de mano eterna, donde todo se mueve a su voluntad.

 

“Por su contexto histórico no recuerdo haber leído una novela como esta desde los tiempos de José Vasconcelos.”

Álvaro Mutis

 


 

CAPÍTULO UNO

  –Analco es un refugio –repite la Nina.

Las nubes se amontonaron unas con otras, hasta hacer una sola, grande y espesa, como sangre molida. La Nina Ramos era la única que mantenía la calma. Sabía que no era una lluvia ordinaria, ni el viento azul que todas las tardes destensaba las ramas de los árboles. El rumor que desde lejos llegaba fue premonitorio, por lo que ya no puso en tela de juicio lo que sucedía. Dejó de mirar el cielo. Dictó órdenes extrañas. Habló con voz llena de autoridad. Volvió a preguntar por Nacha, y Pomposa le respondió lo mismo. Se fueron a la biblioteca y vieron todo destrozado: estantes vacíos, cuadros tumbados, su escritorio hecho pedazos. Una ventana estaba abierta  y la borrasca seguía buscando rincones, rascando con filos grandes, como uñas de animal de monte, mordiendo hasta los entresijos. En otros tiempos, en ese lugar, la Nina Ramos había tomado las decisiones más importantes de su vida. Era su refugio de silencios, el augurio venturoso de sus mejores días. Furiosa, levantó el puño, aún cogiendo su bastón, y ya no tuvo fuerza para golpear a su doncella. Le ordenó atrancar la ventana. En el cuarto de al lado escucharon un lamento ciego que a la Nina le cortó la respiración. Dejó a Pomposa y salió con prisa, como si alguien la estuviera llamando.

No era posible caminar por las calles. Las piedras estaban fuera de su lugar; el viento era una legión de alas que destapaba socavones en la tierra. Las paredes encaladas, flacas como esqueletos, mostraban un dolor de años. Los patios de las casas estaban atestados de cachivaches que la andanada había arrastrado quién sabe desde dónde. Se podían ver objetos que la gente desconocía, como un timón de barco, un mástil principal con vela y bandera, la parte final de un muelle o un ancla tan pesada como la fuerza de tres hombres. Los relámpagos eran lo único que sonaba más fuerte que las dolencias del temporal. Hacinaron a la gente en albergues improvisados: la escuela, la presidencia municipal o la casa de la Nina Ramos. Parecía que las nubes se movían más abajo que otras veces, iban arriba de sus cabezas como si tuvieran intención de coronarlas y reventaban sobre las hinchazones de la tierra. Desde lejos provenían voces del más allá. Los difuntos insistían en hablar de sus cosas y se hacían una sola boruca con los gritos de los vivos, que aventaban sus pecados como si fuera un diluvio de arrepentimientos en pleno juicio final.

Era un viento del tamaño de la noche. Subía muy alto para dejarse caer con peso muerto. El padre Ramberto creyendo que el demonio de sal, como le llamaban a la  ventolera, no se atrevería a entrar en la casa de Dios, dejó las puertas abiertas; cuando la alfombra roja del pasillo central quedó pegada en el techo comprendió que esos desatinos de la naturaleza iban más allá de cualquier fuerza terrenal. Buscó en el Viejo Testamento, sin encontrar respuesta. De momento no quiso leer el libro del Apocalipsis y cerró la Biblia de golpe. Se restregó los cabellos encanecidos al recordar a su madre tal como la había visto la última vez, a punto de comulgar. De su sotana sacó una pequeña botella de metal para llevársela a la boca. Murmuró lo que pudieron haber sido plegarias. De nuevo abrió la Biblia y la voz de San Juan se le reveló como si estuviera dictándole las siete cartas. En la tercera, dirigida a la iglesia de Pérgamo, alcanzó a leer: Conozco dónde moras, dónde está el trono de Satán… y cayó de rodillas ante la imagen de un Cristo que tenía los ojos cerrados. Había encontrado la respuesta, pero se negaba a creer que el Dios de sus oraciones se estuviera ensañando con él y los suyos, que esto fuera el principio del fin del mundo. Al segundo día cerró la iglesia, después de salmos y bendiciones, de oficiar misas interminables y orar a pies descalzos. El piso de madera comenzó a reventarse. Adentro montaron guardia un grupo de beatas invencibles, agazapadas, se atrincheraron entre las bancas y apretaban los ojos al oír la andanada de aullidos que combatían con su canto agudo. Al cabo de un rato dirimieron posiciones y se turnaron en grupos para rezar el rosario y mantener encendidos los cirios. Hubo que vestir a San Pedro y demás santos con ropas de hombre. Fueron ellos los primeros en quedar desnudos con el vendaval. El cura Ramberto las dejó hacer su voluntad y, previniendo una mayor desgracia, guardó el oro bajo llave, una custodia gigante hecha con el marfil de trescientos elefantes, el arca eucarística y una cruz procesal sólo utilizada en las fiestas del santo patrono. En sus ojos revivió la angustia al no saber qué hacer con su colección de cáliz.

La gente acudió con la Nina en busca de respuestas. Llegaban mujeres llorosas, niños flacos abrazados por hombres acobardados. Caían sin voluntad a los pies de la señora, querían ser otra vez los ahijados comprometidos. Decían que An había vuelto cargado con una venganza infinita. La Nina Ramos salió a la calle y se sorprendió al ver a su pueblo empequeñecido, como lo recordaba en los tiempos de su juventud.

Por aquellos años, Analco era un pueblo de una docena de calles, una plaza de armas sin kiosco y una imponente iglesia construida por la orden de los Dominicos en los tiempos en que Martín Cortés quería ser Virrey de la Nueva España. La casa de la Nina Ramos estaba en el centro del pueblo, enfrente de la parroquia, y competían en tamaño. Era una casona colonial con seis patios interiores y un huerto de naranjos. Analco estaba en la región más intrincada de la Sierra Madre, donde el viento le hacía camino al sol para llegar a todos los lugares. Sus fundadores creyeron que sería una ruta de nuevos pobladores, paso obligado para el comercio. Sin embargo, después de dos siglos, sólo había triplicado sus calles y construido un portal de cantera barroca. Con el tiempo se dieron cuenta de que ahí no llegaba nadie, sólo los indios huicholes de alrededor y los hombres de la barranca. En los días más salvajes de la primavera, los más atrevidos asaltaban el rancho de Santa Teresa para robarse a las mujeres y luego buscar la bendición del señor cura. Pero como a veces transcurrían años sin tener autoridad eclesiástica ni civil y como la Nina Ramos era la dueña de todo aquello, iban a buscarla para recibir su aprobación. Su propiedad fue tan vasta que corría desde la barranca de San Pedro, la Sierra Madre, la región de Los Altos hasta sus límites con el Bajío. Si los nuevos matrimonios le pedían a la Nina Ramos que fuera la madrina de bautizo de sus hijos, ella les concedía un pedazo de tierra para sus casas y una parcela para sembrar. Así, la costumbre que fuera primero por conveniencia, se hizo tradición con el correr de los años.

La Nina Ramos era la única mujer que había bailado con dos emperadores el mismo vals, en el mismo castillo, pero en diferente época: del brazo de Agustín I, y como dama de la corte de la emperatriz Carlota, se sumergió en la profundidad azul de los ojos de Maximiliano de Habsburgo. Nadie podría asegurar, pero tampoco desmentir, la historia de las sábanas de algodón egipcio, traídas especialmente para que durmiera el general Agustín de Iturbide, cuando rumbo a la capital comandando el Ejército Trigarante, pernoctó unas noches en Analco. Fue la inteligencia e ingenio, más que la belleza de la joven señora, lo que cautivó al futuro emperador. Dos noches descansó sus sienes en el frondoso pecho de la Nina. La señora hablaba de él con tanta familiaridad que, a veces, traicionada por los recuerdos, a media conversación guardaba silencio, como si un viejo dolor le brincara otra vez en sus ojos. Nadie recordaba quiénes fueron los padres de la Nina y hasta habían olvidado el nombre del coronel con quien estuvo comprometida y a punto de casarse. Algunos decían que ella había abierto los doce túneles en la montaña para llegar a esta barranca y trazado las calles del pueblo. Virginia era su nombre de pila, y a pesar de no tener hijos, todos la veían como a una madre y se dejaban querer como si lo fueran. Aunque alguna vez Nacha mencionó de soslayo que la Nina había parido un varón, nacido por los pies, hermoso como el deseo y que su descendencia se encontraba ahora a lo largo y ancho de la barranca de San Pedro.

Como la ruta de Analco nunca se incluyó en la cartografía nacional, la Nina Ramos sentenció que quien llegara allí, sería por voluntad del destino. Un día de marzo al año siguiente en que se firmaron los acuerdos de independencia con la Madre Patria, llegó buscando refugio don Alonso de Alvarado, español realista que huía de la persecución que se encarnizó contra los extranjeros. La Nina Ramos lo dejó quedarse con un mínimo de condiciones. Fidela, su mujer, que se presentó como la viuda Fidela, en cuanto vio la enorme iglesia en el centro del pueblo, dijo que ahí sería enterrada junto a los restos de su primer marido. Y para que no quedara duda de su viudez, cargaba sus restos en un elegante baúl. Don Alonso de Alvarado la había conocido por los tiempos en que servía al Virrey Apodaca. Fidela se decía mujer de un solo hombre; por eso presumía de su viudez y desde su noche de bodas durmieron en camas separadas. “Antes muerta a que me ponga una mano encima”, le repetía en noches de forcejeo. No los había unido el amor ni la desgracia, sino el interés. Al quedar viuda, Fidela contaba su riqueza entre dos continentes. Terminada la vigilia del luto, su notario le pidió matrimonio y la señora le respondió que jamás se volvería a casar, mucho menos a desnudarse frente a otro hombre. Don Alonso de Alvarado insistió. En tres ocasiones le propuso matrimonio, prometiéndole que sólo sería un formulismo para la salvaguarda de sus bienes; le aseguró que de buena fuente sabía que ya estaban adscritos en las listas de requisa de la iglesia. La mujer aceptó con la condición de guardar su viudez y respetar la memoria de su difunto marido. Don Alonso se convenció de que la castidad iba en serio cuando por enésima vez se le echó encima y la viuda Fidela, dos veces más ancha que él, le asfixió tanto la entrepierna que le dejó amoratada la última voluntad que le quedaba de amor. Cuando llegaron a Analco llevaban más de quince años juntos, y el español se consolaba con una burrita que llegó con ellos y que sólo él montaba.

Por su lugar estratégico, la Nina les dio un terreno frente a la plaza y en menos de un año levantaron una casa de muros muy altos, con troneras en la parte superior, convirtiéndose en la más segura del pueblo. Su fachada forrada de piedra volcánica roja daba la impresión de una muralla impenetrable. Don Alonso la había hecho construir así para guarecerse de sus enemigos. Al atardecer recorría la azotea cargando un arcabuz taraceado de manufactura francesa, gritaba improperios y daba órdenes a un batallón imaginario. Por las noches, el miedo a que lo sorprendieran dormido hacía que Jonás, su esclavo negro, durmiera en la puerta de su habitación con un cuchillo largo y domesticado. El hombre era mudo, porque otro amo le había cortado la lengua siendo un niño. Don Alonso de Alvarado lo compró en los muelles de Veracruz, recién desembarcado de Santo Domingo, un sábado que fue a pagar un par de bueyes y unas gallinas negras de Guinea, que le habían dicho daban muy buenos huevos en la pascua. Cuando se enojaba con él, le reclamaba el doble precio que le había costado por su condición de mudo. La Nina Ramos había hecho una concesión especial a don Alonso para que lo conservara a su servicio, luego de explicarle a Jonás que podía marcharse si quería, porque era libre. El hombre les hizo entender su destino de esclavo al quedarse de pie, inmóvil, cruzado de brazos al lado de su amo, con la mirada perdida en el infinito y los ojos náufragos. Entonces la Nina les pidió que lo vistieran, que era impropio andar descamisado y en calzones por todo el pueblo. Jonás, que hasta ese día había andado con el torso oxidado bajo el sol, vistió una casaca de gastado terciopelo rojo con bordados de seda en los puños y peluca blanca de coleta. Fue luego de la muerte de su amo y de la viuda Fidela, que hizo vida de hombre libre y se casó con Fidelidad, doncella de la Nina. Moriría de muerte natural tocando el arpa que aprendió a rasgar con un fraile dominico, quien nunca pudo cambiarle sus collares de cuentas por una cruz de oro.

El viejo español pronto se aficionó a los dados y al mezcal que destilaba Vicente Rojas en la fábrica La Rojeña, –la que nunca le tocó en herencia a su bisnieto, don Belisario–. Desde el mediodía se juntaban los Barones de la barranca, como les nombraba el gachupín, a beber vino mezcal y presumir sus hazañas. Don Alonso siempre era el centro de atención; sus historias eran de antología, con mentiras tan verídicas que dejaban a todos con la boca abierta. Una temporada de caza, don Alonso se vio rodeado por indios salvajes, caníbales de la selva Lacandona. Sin poder huir y con sólo una carga en su mosquete, le dobló el cañón con la rodilla, dejándolo en forma de U y con un sólo disparo, la pólvora alcanzó a dar la vuelta matando a todos sus captores. Otro día les platicó el asalto a su casa. Dos noches antes de dejar la capital, imposibilitado de llegar a su cuarto de armas y viéndose solo con un cuchillo de matancero, se enfrentó a docenas de soldados insurgentes. Fueron tantos los que mató y tal el desgaste de su arma, que justo al amanecer los últimos salieron corriendo y don Alonso, apenas con un rasguño en el brazo, miró su cuchillo, que según sus palabras, se había gastado hasta convertirse en una navaja ni siquiera buena para cortar callos. También presumía de tener el caballo más veloz de toda la Nueva España. Así lo comprobó la tarde venturosa que logró escapar a todo galope de sus enemigos, en una de sus múltiples batallas. Llevándoles la delantera a las descargas de fusil y cuarteando el caballo por ambos costados, se dio cuenta, al llegar a buen resguardo, que el fuego contrario sólo había chamuscado la cola del animal. Los hombres que se reunían alrededor de una improvisada mesa de tablones, escuchaban atentos las historias que el viejo andaluz contaba con fuertes movimientos histriónicos, antes de comenzar les preguntaba si preferían la versión corta o larga, pero antes de que le respondieran, contestaba: “voy a contaros la corta, es la que mejor recuerdo”. La historia se escurría durante toda la tarde, entre distintas voces y manotazos del narrador.

Don Alonso de Alvarado aún vestía casaca de terciopelo con bordados entorchados de seda y oro, sombrero de tres picos y corbatón con chorrera de holanes. Ni siquiera con la pérdida de su pierna izquierda se acostumbró al uso de pantalones largos; hasta el día de su muerte los llevó con medias blancas. Jamás atendió el consejo de usar huaraches de vez en cuando y no los zapatos de tacón que le apretaban la pisada, hasta que la uña del dedo gordo se le encarnó y tuvieron que sacársela a tirones. Días después, cuando el pie se le convirtió en una llaga viva, por fin se dejó atender por la curandera del pueblo. La mujer, en su lengua de india, les dijo que le había caído gangrena: o le cortaba el pie o le tomaba medidas para que le fueran tejiendo su petate. La Nina Ramos les tradujo lo que Refugio Palomera murmuró. Don Alonso de Alvarado se negó rotundamente. Otra vez gritó los nombres de sus enemigos y aseguró que habían planeado una emboscada, que a él lo enterrarían entero. La viuda Fidela tuvo que decidir. Semanas más tarde, el esclavo Jonás tenía un nuevo trabajo: empujar la silla de ruedas de su amo. El viejo cargaba su pie izquierdo en el regazo, metido en un frasco vitrolero de los que se usan para los chiles en vinagre, flotando en una fórmula de alcoholes y fermentos. El carácter se le agrió, se hizo arisco y reservado, pero siguió visitando las cavas de La Rojeña. Ya entrado en copas volvía a ser el mismo de antes y contaba sus historias. La más reciente era la pérdida de su pierna, a veces en un campo de batalla; otras, por la tarascada de una fiera al atravesar los límites humanos del África. Al escuchar las campanas de la bendición, sus amigos se turnaban la vigilancia desde la puerta. En cualquier momento podía llegar la viuda Fidela, repartir tortazos y llevarse a su marido casi de las orejas. “Ahí viene la viuda, ahí viene la viuda”, se pasaba la voz desde el centinela hasta el interior de la cava y don Alonso de Alvarado más tardaba en esconderse que su mujer en encontrarlo, siempre acompañada del esclavo negro. A veces se lo llevaban en la misma silla de ruedas y cuando se ponía impertinente, la viuda le había autorizado a Jonás que lo sacara cargando del lugar. “¡Dejarme disfrutar!”, gritaba don Alonso, entre improperios acuñados en su país que a los barranqueños les parecían mas cómicos que ofensivos.

Al morir la viuda Fidela, un año después que su marido, su casa se guardó para los olores propios del encierro. Con muchos años de abandono, la humedad y la hiedra treparon sus paredes. Fue hasta los primeros años del nuevo siglo, cuando la Nina Ramos se la cedió al doctor Leonardo Ralla, eminente médico y biólogo que en Analco haría florecer la ciencia y multiplicaría las maravillas de la región. Leonardo Ralla presumía, con cierta modestia, haber sido alumno del científico Pasteur. Por casualidad llegó a la barranca un día en que su caballo se desbocó y corrió sin detenerse lo que pudieron haber sido tres días y tres noches continuas. El doctor se aferró a la crin y se dejó llevar con los ojos cerrados. Al abrirlos, mayúscula fue su sorpresa al encontrarse con el Cápora, mayoral de la Nina, que en su visita por las huertas se dio cuenta de que los nuevos injertos estaban destruidos. Era un domingo de resurrección. Amanecía. Por fin Leonardo Ralla desmontó y vio al otro desenfundar un enorme machete y amenazarlo con palabras tan fuera de su cotidianeidad que el doctor sólo atinó a presentarse con un fuerte apretón de manos. El Cápora tenía suficientes motivos para matarlo, según le dijo con voz pausada. Sin embargo, le extrañó tanto su presencia que le preguntó cómo había cruzado el río Santiago. El doctor no supo qué contestar porque en su trayecto alucinado no había tenido que burlar ninguna frontera de agua.

Ya en presencia de la Nina, el doctor intuyó de inmediato que esa mujer de voz precisa era la máxima autoridad en la región. La biblioteca estaba decorada con gusto afrancesado, con techos de mampostería barroca y ventanas que iban casi de piso a techo. El doctor Leonardo Ralla descubrió una reserva de tiempo en su mirada y la enfrentó con tanta delicadeza que a la señora le volvieron  recuerdos de otra época. Antes de que la señora le ofreciera una silla, el doctor le pidió un baño donde asearse, la Nina lo dejó salir ya sin la vigilancia del Cápora. Fue a las letrinas que estaban más allá del huerto de los naranjos. Se lavó. Volvió a fajarse y regresó a la biblioteca. “Fue como si mi caballo supiera los atajos para llegar a este lugar. Vengo de la capital”, le dijo. Entonces la señora le preguntó por las revueltas que se habían suscitado y por el nuevo presidente que gobernaba al país. Le pidió que la pusiera al corriente de lo que allí estaba sucediendo. Leonardo Ralla le relató con detalle los primeros brotes de violencia, la huida del dictador. “No me gusta el término que le da al general Porfirio Díaz. En todo caso debería llamarlo el buen dictador”, interrumpió la Nina. Las horas de charla fueron transcurriendo hasta que la conversación concluyó en formulaciones de fragancias y otros augurios. La Nina le prometió toda clase de facilidades y lo conminó a quedarse.

Tardó más de un mes en descombrar la casa de la viuda Fidela. Mandó traer a su esposa de la capital y sus aperos de trabajo. En grandes petacas con doble candado llegaron a lomo de burro sus extravagantes enseres que sólo podían servir para la tortura. Pinzas enormes y dentadas, cuchillas pequeñas pero con tanto filo que atravesaban la carne al menor roce, enormes bandejas de acero, telas que al mojarse endurecían como piedra e infinidad de frascos con líquidos extraños y penetrantes aromas. Decía el doctor que algunos servían como ungüento para revelar el alma. Antes de cumplirse un mes de su llegada, hizo un censo sanitario de la población. Casa por casa recorrió las calles del pueblo y dio a beber a niños y adultos tres gotas de un líquido amargo e incoloro que, según él, prevenía la fiebre amarilla, la tifo, la tuberculosis y hasta la peste del insomnio. La Nina Ramos fue la primera en tomar la vacuna, en la misa del domingo. Aún así las habladurías no se hicieron esperar. Decían que desataría los demonios de la carne, que no era bueno verse a solas con el doctor. Muchos de esos pretextos los inventaba Nacha, contradiciendo las palabras de bienaventuranza de Pomposa, doncella de la Nina. “Con ese hombre ha llegado la fatalidad y el mal agüero a Analco” sentenció la yerbera. Luego se hacía la distraída cuando la señora le preguntaba de dónde provenía tanta maledicencia de la gente. Hasta que el viernes primero de agosto, la Nina Ramos aplacó los chismes en la voz del padre Ramberto, que desde el púlpito desmanteló cualquier circunstancia que pusiera en peligro a Leonardo Ralla y a su mujer, que no aceptaba del todo vivir en esa barranca y dejar su vida citadina, sus amistades del country club y los bailes de beneficencia. Desde su llegada notó que las mujeres usaban vestidos de otra época, parecidos a los que recordaba haber visto en el ropero de su abuela. Fue en un desayuno en casa de la Nina Ramos el día de los fieles difuntos, cuando la señora felicitó al doctor por el embarazo de su esposa. “Pero si en más de diez años de matrimonio no ha podido quedar en cinta, además, Lucrecia ya no está en edad”, respondió con sorpresa. En ese momento también Pomposa se alegró con la noticia y él la confirmó apenas regresó a su casa. Su mujer le dijo, contrariada, que volvía a creer en los milagros.

Leonardo Ralla acondicionó en el convento, bajo el cuidado de las monjas descalzas, un dispensario médico. La orden religiosa era gobernada por Sor Petronila y bajo su mando tenía doce monjas que, por alguna extraña coincidencia, llevaban los nombres en femenino de los doce apóstoles. El convento se convirtió en un centro de investigación y estudio. El espacio del segundo patio y la casta virtud de la huerta fueron el lugar ideal para sus nuevos cultivos y experiencias transgénicas. En la atalaya que despuntaba hacia el oriente se adaptó un observatorio crepuscular en el que Sor Judas se ilusionaba con mirar las estrellas. Rápidamente Judas se distinguió por su estricta disciplina y su apego a la lógica para la solución de todos los problemas. De no ser porque vestía su hábito azul y blanco de la orden, cualquiera podría pensar que Sor Judas estaba segura de que el hombre había nacido de la unión de unos catetos y que las plantas germinaban de una raíz cuadrada. Todas sus explicaciones eran a través de números y como era hábil para las aplicaciones aritméticas, en sus ratos de ocio resolvía con mano dura los libros contables. Su vida era la astronomía, por lo que fue una justificada consejera en la exploración del firmamento. Sor Judas había llegado a Analco para cumplir una condena de claustro y clausura que no duró más de tres años, después del escándalo que armó en la capital, cuando sus cálculos adivinaron el paso del cometa Halley, asegurando que haría una colisión tan fuerte con la Tierra que desprendería la península de Yucatán. El señor arzobispo escuchó el disparate como una herejía, y conociendo los métodos de limpieza espiritual de Sor Petronila, puso santo remedio. Judas completó penitencias de ayuno en la oscuridad, se sobrepuso a pruebas de fe y juró, en vano, que jamás volvería a mirar las estrellas. Fue hasta que llegó el doctor Leonardo Ralla y supo del asunto, que intervino con la Nina Ramos para liberarla de toda culpa. En la primera conversación que sostuvieron, Sor Judas tenía una sola pregunta que la había atormentado los últimos años, más aún que el encierro: en qué había fallado para que el impacto no se suscitara como había pronosticado. “Porque ha de saber, doctor, que a estas alturas ya no creo en milagros”, le dijo. “Un punto fuera de lugar invirtió las coordenadas”, contestó. Después de ese día, volvió su mirada al horizonte del cielo y en sus observaciones diarias dedujo que la superficie lunar era una extraña especie de arena volcánica comparable con la era cuaternaria en antigüedad y pureza; también supo, con una certeza que el doctor Leonardo Ralla sólo había descubierto en los libros del padre de la física, que un día lunar duraba lo que veintiocho amaneceres en la tierra. Entre los dos les pusieron nombres a los cráteres y montañas, clasificaron las manchas, a las que les encontraron caracteres mitológicos y hasta resolvieron el cultivo de la tierra a través de las corrientes de chorro.

Fue en el observatorio del convento, una noche de luna nueva, cuando el doctor Leonardo Ralla comprobó su teoría Ánima lux. Sor Judas lo estaba asistiendo en el momento de revelársele la hipótesis que años después iba a ser fundamental para su sistema Umbra quirúrgico. De cualquier manera, la visión científica del doctor nunca fue aprobada por Sor Petronila, lo que ocasionó más de un enfrentamiento. La superiora no estaba conforme de tener en el convento la visita diaria de un hombre y convertir su huerta en tierra de cultivo para flores carnívoras, según decía. La situación llegó a su máximo deterioro cuando la Nina Ramos convenció al padre Ramberto para que diera la autorización de instalar un dispensario médico en el segundo piso, convirtiéndolo en un lugar donde la gente llegaba para sanar. En los más de diez años que operó, no se asentó ningún muerto en sus libros de registro. La monja prior lo discutió hasta el cansancio con la Nina y revivió otra vez el asunto que la señora tenía más que enterrado: la monja desertora que una noche huyó con hábito y todo con el padre Donato Godínez. Sor Petronila se escudaba en las tentaciones que el diablo acomoda en los entresijos de los hombres, no ponía en duda la santidad de ninguna de sus subordinadas, pero aseguraba que el doctor Leonardo Ralla contrariaba los designios del Señor.

En toda la barranca no se conocían flores mejor cultivadas y hermosas que las del jardín del convento, donde sacaban a pasear a Sor Matea, la monja más vieja de la orden.  En julio y sus días de lluvia se le veía poco; por la flebitis de sus piernas el doctor Leonardo Ralla la mantenía en reposo absoluto. Siendo la única sobreviviente de quienes habían fundado el convento, era la única persona que conoció a la Nina Ramos por las fechas del Segundo Imperio. Hablaba en murmullos y tergiversaba recuerdos. Todas sabían que algo de verdad había en sus palabras, sobre todo la Nina que era la primera en preocuparse por esos recuerdos. “Huye, tú que aún puedes”, le decía Matea a la hermana que cuidaba de ella y que fue la última en ingresar al convento. Juana llegó siendo niña, tirada del brazo por Pomposa. Esa tarde desde la torre del campanario, Sor Tadea divisó a  la Nina Ramos y tocó un misterio en la campana que sólo utilizaba para anunciar la visita de la señora, bajó a toda carrera el caracol de la escalera y le avisó a la madre celadora que algo no andaba bien. Faltaban pocos minutos para el rosario de las siete. La superiora suspendió el servicio y recibió a la  Nina Ramos en la Dirección. La madrina se arrellanó en un sillón y antes de dejarla hablar, Sor Petronila preguntó de quién era la criatura que Pomposa llevaba de la mano.

–La niña es huérfana y andaba rodando de mano en mano por la calle Del Rey –dijo la señora y continuó–, el Cápora la recogió anoche, cuando salía del burdel.

–¡Santo Dios! Personalmente me encargaré de rescatar su alma –exclamó la monja.

Años después, la niña profesaría con el nombre de Juana, tendría bajo su cuidado a Sor Matea, sería ayudanta en el dispensario del doctor Leonardo Ralla, guía espiritual de su hija Dolores y por azares del destino, casi una santa.

Nadie esperaba la sorpresa de un mal parto en la casa del doctor Leonardo Ralla. El embarazo de su esposa había sido difícil. Gracias a sus cuidados extremos y, según él, al aire de esta barranca que olía a cobre y tierra mojada, no tuvo un tercer aborto. Sin embargo, doña Lucrecia guardó cama casi todo el período y se desentendió de cualquier asunto de su casa. Hasta que el martes dos de mayo, pasado el mediodía, un accidente que de momento se pensó fatal, obligó a la familia a cambiar sus planes de viaje. El alumbramiento no debía suceder en Analco. Doña Lucrecia estaba en el séptimo mes de embarazo y a una semana de volver a la capital. Pero por una distracción sin motivo sufrió una caída en el cuarto de baño y su vientre abultado se estrelló como cascarón contra la porcelana de la bañera.

Doña Lucrecia jamás perdonó a su esposo que no estuviera con ella esa mañana, sino Nacha, la partera, porque la Nina Ramos lo había mandado a las huertas de mango a controlar una disentería mansa entre los barranqueños. Doña Lucrecia apenas tuvo fuerza para llegar a su cama. Cuando le avisaron a la Nina Ramos, la señora ya se estaba alistando para visitar la casa del doctor. Mandó buscar al padre Ramberto y el cura ordenó repicar las campanas de la parroquia.

–Yo le dije al doctor que ya no era conveniente viajar a la capital –le comentó la Nina al señor cura antes de salir de su casa.

–Lo que temía usted, era que después no quisieran volver –objetó el padre Ramberto.

Y en efecto, durante todo el embarazo de doña Lucrecia, la Nina Ramos había intentado persuadir al doctor Leonardo Ralla para que el parto no sucediera fuera de sus tierras. La Nina no le respondió al cura y apresuró a Pomposa para que trajera la sombrilla.

Una hora más tarde, Leonardo Ralla, desde el zaguán de la entrada escuchó los lamentos de su mujer reventados en las vigas. Había un calor líquido en el ambiente. La tensión se cortaba con el sonido de las espuelas, tropezaba con miradas que agachaban la cara, con cuerpos sin rostros que le urgían llegar. Vio a su esposa entre almohadones, con una mirada de desamparo que lo hizo precipitarse a su lado. Durante los siete meses que duró el embarazo, doña Lucrecia se quejó de una constante opresión en el pecho, su respiración fue acelerada y corta, decía que sentía al bebé colgado de sus pulmones. Le molestaba el olor de su casa, los suspiros de ácido y arsénico del laboratorio. Vivió una constante alucinación de malos augurios y de espíritus desencarnados al acecho de recuerdos.

El parto no tuvo complicación alguna, porque al menor crepúsculo de dolor, doña Lucrecia consintió en tomarse un influjo de semillas que le dio la yerbera para que aflojara el cuerpo. Poco a poco Nacha comenzó a dejar de escuchar los gritos de la parturienta, y se abandonó al trance involuntario de su oficio que, en ocasiones como ésta, la hacían revivir sueños premonitorios. Recordó que su nacimiento había sido el único que había atendido, personalmente, la Nina Ramos. Volvieron sus recuerdos al lado de la madrina, su voz reveladora de secretos, de grandes promesas, hasta que el llanto azorado de la criatura la volvió en sí y se sorprendió al tener en sus brazos a una niña sin color en la piel. Se sintió exhausta y de inmediato se la pasó a doña Lucrecia. Al verla, Leonardo Ralla descubrió una mirada de ángel en sus ojos azules y se sintió deslumbrado por la luz de sus cabellos blancos, el recuerdo de su primer amor le saltó a los ojos, pero no se dejó amedrentar. A doña Lucrecia, que estaba inmersa en una nube de caos, se le revolvía la mirada en imágenes delirantes. Le gritó al doctor que apartara a la niña de su vista, que era un castigo de Dios por haberlo seguido a esa tierra sin caminos. Gritó que Nacha era bruja, que seguramente había conspirado con las sombras. Repetía los nombres de sus asesinos, entre ellos el de la Nina Ramos, porque aseguraba que estaba muerta en vida, e insistía que la niña era albina por castigo de Dios, pero en el fondo sabía que era por su culpa, que la maldición de Magdalena, su hermana, la perseguiría hasta el fin de sus días. Sin esperar más, el doctor salió al corredor con su hija en brazos y de inmediato recibió la bendición del padre Ramberto. La Nina Ramos se convenció de haber presenciado el advenimiento de una santa.

El mercado fue un bullicio ensordecedor. Nadie recordaba otro año con mejores cosechas ni frutas tan abundantes que lloraban su jugo al primer apretón. A partir de entonces cosas extrañas comenzaron a suceder en la barranca de San Pedro. Pomposa corroboraba estas versiones, muchas de las cuales salían de la casa de la Nina Ramos. La doncella decía que no eran extrañas coincidencias, que abrieran los ojos para ver los milagros que pronto se manifestarían. El padre Ramberto los quiso documentar para presentarlos como férrea prueba ante la junta de arzobispos en la capital. Pronto se corrió la voz que le atribuía a la criatura el poder divino de la sanación. Decían que esta niña había sido tocada por la mano de Dios y el adelanto del parto era un presagio de amor. “El Señor quiso que naciera en Analco, que su madre no se fuera a parir a la capital”, repetían por todo el pueblo. Dolores, como ya le nombraban, era la encarnación del silencio. La cubrían con frazadas de  fino  algodón  hechas especialmente para ella. No fue necesario que el doctor regresara a la barranca a seguir con el tratamiento para la disentería. Los enfermos sanaron sin saber a ciencia cierta si se debía a los nuevos medicamentos que les dio a beber o si fue el nacimiento prematuro de Dolores lo que los salvaría de la mortandad. De cualquier modo, la gente se agolpó afuera de su casa. Todos querían ver su luz. Llegaban en caravanas incansables desde el otro lado del río, los indios devotos le dejaban ofrendas, subían de la barranca hombres desesperados con sus ilusiones a rastras, y los niños creían ver en Dolores el ángel de la guarda que tanto les contaban en el catecismo. Un lazo humano y apretado rodeó tres veces la casa del doctor. De día y de noche guardaban su lugar sin que nadie ni nada los hiciera moverse. Al tercer día, aquello se convirtió en un mercado; había quienes gritaban suertes de feria y otros que juraban sobre la cruz de sus dedos haber visto a la pequeña salir por la puerta sin siquiera abrir el portón. “Ya vieron las nubes”, gritó alguien y señaló al cielo. “Es la niña que se manifiesta”, aseguró otra voz. Una tormenta de relámpagos precedió a un desplome de agua, ocasionando que la marabunta de gente quisiera entrar a la fuerza para apropiarse de un milagro. La Nina Ramos mandó al Cápora a poner orden y el mayoral acabó junto con el doctor Leonardo Ralla defendiendo la casa desde las troneras. Ni el padre Ramberto con su montón de sermones pudo combatir el destino de un pueblo en búsqueda de respuestas. Fue hasta que la Nina Ramos tomó cartas en el asunto que puso remedio a tanta frustración. Se presentó con Pomposa y en medio del aguacero entraron a la casa de los Ralla. Al cabo de un rato salió con Dolores en los brazos y la gente se fue detrás de ellas, en silencio.

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