Cállate niña

Portada 300dpi“Las mujeres no pueden decidir sobre su cuerpo ni su futuro. Ni siquiera sobre sus sueños. No les está permitido, por eso actúan desde las sombras”.

Cállate niña es una crónica de amor a partir del rompimiento. Rodolfo Naró nos cuenta de manera delirante cómo el amor destruye y el odio une a los que se aman.

La muerte repentina del padre de la protagonista, al que nunca conoció, la obliga a contar su historia, desde su infancia al lado de su madre drogadicta y cristiana, el apasionante mundo del ballet, y sus amantes, a quienes –como la Carmen de Bizet– utiliza y desdeña como una triste forma de sobrevivir, hasta su encuentro con Antonio, hijo de un militar torturador de la Guerra Sucia en México.

La novela tiene como telón de fondo La Habana en pleno Periodo Especial, la ciudad de Nápoles asediada por la Camorra y, sobre todo, la Ciudad de México retratada por personajes que viven en el abismo.

Un relato en el que están escondidas la culpa y la venganza, el miedo a vivir y el deseo llevado hasta los límites de la realidad y la pasión.


Capítulo 1.

Qué buen día para morirse. Mi madre siempre me dijo que mi papá era el mejor escritor de México. Aunque yo no lo conocí nunca he dejado de idealizarlo, de imaginar que lo abrazo, que me ama. Desde niña una se cree el cuento del príncipe azul, reflejo del padre que todo lo sabe y todo lo puede. Jamás he tenido un hombre así a mi lado.

¿Por qué tenía que morir hoy? Sólo una vez lo busqué, por la ilusión de decirle papá, de que me llamara hija. Tenía veinte años y era la mejor bailarina de México. Estuve una hora en la cafetería de Bellas Artes y no llegó. La semana anterior había dejado la clínica de tabaquismo, casi había cumplido su programa de catorce semanas y en esa maldita hora volví a fumar, me volvió el sudor a las manos, el miedo a dejar de ser. Nunca he sabido esperar. Cuando estuve embarazada de Raúl, odiaba que me preguntaran si estaba esperando. Quería decirle a mi padre que llevaba en el vientre a su nieto. Moría de ganas de verlo de cerca y comprobar si tenía en el cuello un lunar igual que el mío. No llegó. No hubo pretexto. No hubo disculpas. Nada. Nunca le importé, nunca le he importado a nadie. Por qué me duele su muerte. Por qué estoy llorando como tonta al pie de la cama, mirando la televisión sin querer oír. Lo encontró su secretaria y a los primeros que llamó fue a los bomberos. Qué me costaba haber ido a buscarlo, Paseo de la Reforma 368. Todo el mundo sabe dónde vive Belisario Rojas. Malditos reporteros, se han de meter hasta la cocina. ¿Por qué tenía que morir hoy?

No quiero contestar el teléfono. No voy a contestar. Seguro que es mi madre. Debe de estar viendo las noticias, histérica, también al borde del suicidio. Será una de sus llamadas largas y cansadas, donde volverá a repetir lo mismo. Lo quise como a ninguno. Fue el hombre de mi vida. Ése del periódico es tu papá. Lo están entrevistando de nuevo. Ganó un premio. Mira, ya salió su nuevo libro, seguro éste sí me lo dedicó. Eres la única hija de Belisario Rojas. Siempre decía que no sabía en qué momento se había enamorado de él. Que era muy apuesto. Seguro de sí mismo. Que la coincidencia los había reunido. Se conocieron cuando ella trabajaba en Excélsior y él obtuvo la Beca Guggenheim. Esa mañana la chica encargada de cultura llamó diciendo que no llegaría y mi madre se guardó la orden para ir a entrevistarlo. Se citaron a las cinco de la tarde en el Sanborns de Reforma. Ella llevaba sus libros de poesía para que se los firmara. Se compró un mini vestido con grandes flores anaranjadas y unos zapatos de plataforma que no se ha vuelto a poner. Los atesora en su clóset. Son los zapatos que me llevaron a tu padre, me decía. Toda mi vida me ha repetido la misma historia. Cuánto padeció su rechazo. Cómo anduvo persiguiéndolo, preguntándole por qué la había dejado, por qué no le contestaba las llamadas. La muy rogona, cómo no la iba a dejar. Lo esperaba en la esquina de su casa. Lo perseguía en los cafés de la Zona Rosa. Lo buscaba con cualquier pretexto. Cómo no la iba a dejar si nunca ha podido mantener un hombre a su lado. Ser mujer para complacerlos. Cómo no la iba a dejar si las mujeres embarazadas ya no servimos para nada. El muy cabrón se largó un año a París. Maldito París. Malditas becas. Nunca llegan cuando las necesitas. La mía del Fonca me la suspendieron al quedar embarazada de Raúl. Prometieron guardármela para el siguiente semestre y con el cambio de director, con la muerte de Raúl se hicieron pendejos. Fui una pendeja al creer que me la guardarían. Igual de pendeja que mi madre por pensar que después de un año Belisario Rojas me reconocería como su hija.

Ahora no, mamá. No quiero hablar contigo. No quiero hablar con nadie. Ni recordar cómo anduviste rodando conmigo. Que acabaste trabajando en el mismo Sanborns donde conociste a papá. Que esperabas verlo entrar a las cinco de la tarde, con un periódico bajo el brazo. En el Sanborns conocías a tus amigos. Me dejabas encargada con alguien de la dulcería, en la perfumería o con el vigilante. Nadie quería cuidarme. Ves, desde niña nadie ha querido cuidarme. ¿Y si fuera Antonio? ¡Maldita sea! Necesito espacio. Tampoco quiero hablar contigo, Antonio. ¡Ya no! Te dije las cosas muy claras y decidiste dejarme, terminar al fin. Necesito limpiar este desastre. Hace una semana que no me baño, que no lavo los trastos. Hay cucarachas en la cocina. Me repugna verlas correr entre los platos. Son asquerosas. No tengo una taza limpia ni calzones que ponerme. No tengo nada en el refrigerador, apenas me queda café y cigarros para mantenerme despierta, para esperarte. Antes prefería fumar que comer, al menos así me mantenía delgada. Ahora todo ha cambiado. Las sábanas aún te buscan, Antonio. Están manchadas de ti. Huelen a tu cuerpo. A tus ganas. No quiero que nada te pase. Dicen que todo se paga, que las cosas regresan. Pero yo no quiero que nada te pase. No busco venganza, sino detener esta mala energía. Me haces falta. Eres como mi grito en mitad de la pesadilla. Despiértame, dime que nada ha sido verdad. Levántame. Abrázame como un refugio de silencios adonde llego para escucharte. Nómbrame. Quiero estar segura de que me reconoces. Quiero escuchar de nuevo mi nombre como lo decías entre dientes. Dime que todo ha sido un mal sueño. No me vuelvas a dejar al final de la noche.

¿Realmente me querías o era sólo el deseo? De qué me han servido estas piernas que ahora apenas me sostienen. Maldito cumpleaños en el que te conocí. Maldita la hora. Según tú, te enamoraste de mis piernas. No entiendo por qué, si nunca me viste bailar. Maldita aquella falda corta, malditos los mini vestidos, si pudiera los quemaría todos. ¿Dónde está mi falda negra? ¿Dónde están mis flores de Bach? A un lado, Pascuala. Pobre gata, tú eres la única que sigue conmigo. Mira, Pascuala, sigo siendo la mejor bailarina. ¿Quién ha bailado Carmen como yo?, le pregunté a Raúl. Nadie, nadie ha tenido tu fuerza en el escenario, me dijo. La noche del estreno estuvo pendiente de mis cambios. Sentí que me dirigía entre el público. Buscaba mis pasos, saltaba, giraba conmigo en cada pirouette. Él sí creyó en mí. Moldeó mi cuerpo con cada posición sin importarle mi dolor y mi llanto. Estiró mis músculos y huesos hasta el límite. Supo que podía lograrlo al ver el arco de mi pie. Tienes el arco de la Pávlova, me aseguró. Raúl no sólo se enamoró de mis piernas. No fue tan vulgar como tú, Antonio. Él sí me creyó cuando le dije que yo era hija de Belisario Rojas. Que no era una historia más de las que contaba mi madre cuando se emborrachaba. Raúl me daba recortes de periódicos donde entrevistaban a mi padre, me conseguía primeras ediciones de sus libros. Yo lo conozco muy bien, me decía, si quieres lo invito al estreno. Pero esa noche era mía. Mi padre, como tú, nunca me vio bailar.

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